Show me the money

Eran los finales del siglo XX y todavía la Academia Puertorriqueña de la Historia tenía (quizá aún exista / rehúso por ahora investigar) la posición de Secretario Perpetuo, insistiendo en sus publicaciones que La Isla, y lo que vino a ser los Estados Unidos, desde los tiempos en que Ponce de Leon salió de nuestras tierras, rumbo a La Florida, mostraban destinos entrelazados.

El selecto grupo de científicos europeos que aún en el siglo XVII debían ejercer cautela en la presentación de sus ideas, presentando como hipótesis lo que con certeza sabían eran hechos probados, tiene su ejemplo claro en los problemas que tuvo Galileo con la iglesia por errar en la adhesión a tal estrategia. Cuatro siglos después todavía se presenta como sólida alternativa el desestimar la evidencia científica como meras ideas que no tienen porque ser consideradas indisputable realidad, haciendo de la victoria de la ciencia sobre la religión, común supuesto del siglo XX, una prematura celebración.

Detrás de ambos movimientos, y la hegemonía que hayan podido tener o tengan sobre el pensamiento social, se encuentra la ambición humana. Así, cuando los mares del mundo se convirtieron en un solo mar, durante la expansión europea, los marineros fueron necesitando cada vez de los conocimientos astronómicos y matemáticos de los filósofos, promoviéndolos poco a poco como la más importante (léase útil) forma de ver y entender las cosas.

En nuestro siglo, en los momentos que el liberalismo académico se agotó como proveedor de soluciones, los especuladores metafísicos del tirijala, que habían sido relegados a la irrelevancia por largo tiempo, vieron su oportunidad para regresar con fuerza, proponiéndose como portavoz de un espíritu que solo lo utilizaba, nuevamente, en su búsqueda de poder y riquezas.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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