
Eran los finales del siglo XX y todavía la Academia Puertorriqueña de la Historia tenía (quizá aún exista / rehúso por ahora investigar) la posición de Secretario Perpetuo, insistiendo en sus publicaciones que La Isla, y lo que vino a ser los Estados Unidos, desde los tiempos en que Ponce de Leon salió de nuestras tierras, rumbo a La Florida, mostraban destinos entrelazados.
El selecto grupo de científicos europeos que aún en el siglo XVII debían ejercer cautela en la presentación de sus ideas, presentando como hipótesis lo que con certeza sabían eran hechos probados, tiene su ejemplo claro en los problemas que tuvo Galileo con la iglesia por errar en la adhesión a tal estrategia. Cuatro siglos después todavía se presenta como sólida alternativa el desestimar la evidencia científica como meras ideas que no tienen porque ser consideradas indisputable realidad, haciendo de la victoria de la ciencia sobre la religión, común supuesto del siglo XX, una prematura celebración.
Detrás de ambos movimientos, y la hegemonía que hayan podido tener o tengan sobre el pensamiento social, se encuentra la ambición humana. Así, cuando los mares del mundo se convirtieron en un solo mar, durante la expansión europea, los marineros fueron necesitando cada vez de los conocimientos astronómicos y matemáticos de los filósofos, promoviéndolos poco a poco como la más importante (léase útil) forma de ver y entender las cosas.
En nuestro siglo, en los momentos que el liberalismo académico se agotó como proveedor de soluciones, los especuladores metafísicos del tirijala, que habían sido relegados a la irrelevancia por largo tiempo, vieron su oportunidad para regresar con fuerza, proponiéndose como portavoz de un espíritu que solo lo utilizaba, nuevamente, en su búsqueda de poder y riquezas.
