Recordar olvidar

Puede que el tiempo no sea parte fundamental de la materia, pero aun así hay sanguijuelas que por todas partes asechan en la permanente e inesperada misión de extraer la mayor cantidad posible de nuestro ser. De joven no importa tanto regalar e incluso a propósito perder el tiempo, cuando se piensa que es lo más que sobra. Pero el pasar de los años nos va imponiendo la necesidad de seleccionar a quien o que dedicar lo que cada vez se hace menos. Mi decisión de destinar lo que me queda a la familia es común. La de incluir las letras como recipiente, no tanto. Ambas proveedoras de incalculable felicidad y profundas decepciones, las cuales hay que aprender a disfrutar y aceptar, como inevitables partes de lo que se ha optado por vida.

La añorada visión del mundo que nuestra infancia ejercía, junto con la profundidad de las primeras amistades regresaron a mí como inesperado golpe de refrescante agua con las miradas, expresiones e inaugurales oraciones habladas de mis hijos. Un agridulce sentimiento que no hallaba como ponerle precio a lo que de forma irremediable se perdería, excepto por las destellantes trazas de dispersa memoria que apenas sobreviven. Desconozco que evolucionario beneficio tiene el cerebro, en su insistencia de borrar casi por completo los iniciales años. De poder mantener un balance tardío entre la experiencia infantil y la “madurez” otro sería —atreviéndome a pensarla positiva— la existencia que tuviésemos.

Hay daños lejanos que sueñan con hacerse. Por eso me lastimé para ver si con mi herida lograba herirle. El largo tiempo me obligó a recuperarme, antes que el silencio de único testigo presenciara desangrarme. Son los eventos de juventud que quizá merecen olvidarse. Y digo tal vez pues sin la experiencia, doloroso sería andar con corazón de viejo, roto, y por vez primera, lo cual para nada es juego de niños.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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