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Eusebio de Cesarea

Si el aroma de una rosa llama, es porque las flores se comunican y, como cartas mensajeras cargan poemas, sentimientos y la posibilidad de una ilusión que trace mapas para el resto de nuestros días. Una capacidad para la interconexión que si se toma como centro de nuestra humanidad, hace que todo sea humano o, más correcto aún, que lo humanos seamos parte de una realidad que vive, crece o muere en el arte de la relación.

La alegría es un derecho que debe ser garantizado. La risa sin embargo es conservadora, una automática reacción a lo diferente, a lo que se considera extraño y se tilda de ridículo. Pero nada que nos impulse a dar saltos cualitativos proviene de la continuidad, sino por el contrario, nace del ángulo o punto de vista nunca antes considerado, haciendo de la carcajada, el expandido y eficaz instrumento de los que prefieren dejarlo todo como está.

De haber tenido biblioteca, Eusebius Pamphili se hubiese retratado frente a sus libros. Pero a falta de estos, se aseguró de tener un rollo de manuscrito en su mano, como símbolo de su conocimiento y sabiduría. Mi vecino y su suegra, que trabajaron por décadas en el Líbano, como empleados domésticos y choferes de familias enriquecidas en corporaciones de seguros, aprendieron el idioma local y su cultura, y ahora retirados, han traído a nuestro apartado barrio de cultivadores de arroz, conocimiento técnico y las recetas de unos panes que son para morirse de la delicia. La derivación contemporánea de una lengua que con sus mitos fenicios inspiró a Hesíodo en Grecia, y todo lo que eventualmente se deriva de él; junto con los mismos tratamientos de unas harinas horneadas que humeantes se repartían en las mesas del obispo de Cesarea, en el tercer siglo de nuestra era.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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