
Bajo el implacable frío de un brillante sol de mediodía invernal, Boston se había convertido para mí en una excitante ciudad de novedades que, en ocasiones, me hacía olvidar el arrollador desprecio con que me recibiera años atrás. Nadie que sea incapaz de documentar su linaje atado a la ola que le siguió al Mayflower en el siglo XVII, podrá nunca sentirse completamente en su casa en Massachusetts, no importando las décadas de residencia, ni las alturas financieras o políticas que se hayan alcanzado, uno siempre será, a lo sumo y con suerte, tolerado.
Estudiar la estructura interna de la materia, la certeza del inatrapable fluir de energía que se expresa sólido ante el tacto y la vista, es una confirmación del infinito misterio que vive en nosotros, complejos edificios de moléculas. Envases que poseyendo en sus adentros la idea más cercana que tenemos de la divinidad, se hacen todos y cada uno merecedores de una atención que procure cultivar y desatar las fuerzas de lo inimaginable, haciendo del matar la más absurda de las consideraciones.
Aún en las mañanas del brutal tiempo seco, severo en su sistemática destrucción del verde que cubre la tierra, el rocío permanece, manteniendo un mínimo de humedad que ayuda a los insectos a sobrevivir, en lo que regresan las lluvias. Las hojas caídas de los árboles forman una alfombra que en alianza con el sereno que deja la noche, ofrecen vida en forma de sombra. Los locales consideran basura la broza y, acumulándola cada dos o tres días en pilas las queman, satisfechos por cumplir su misión de mantener limpia la propiedad. Yo rehuso unirme a la práctica, argumentando que el ciclo natural cuenta con billones de años demostrando su necesidad y eficacia. Todos se ríen de mí, excepto mis cabras, que agradecen no tener que pasar por los meses de hambruna que sus vecinas sufren.
