
En el cenagoso closet que guardo las preciadas cosas que nunca desempaco, la oscuridad y el silencio —los cuales se encargan de acompañarlas en espera de la próxima mudanza donde como en la anterior, pasarían a ocupar el espacio destinado para almacenaje—, reconocen siempre la llegada de un nuevo ciclo y se preparan, listas para recibir las cajas a donde quiera que vayan. La consideración de abrir y regalar o botar a la basura algunas de las cosas, quizá vernderlas, siempre surge durante los cambios de domicilio y, esporádicamente en sus periodos de quietud y espera, algo de esto ocurre. Pero en general no, pues son las cosas guardadas una especie de copia tangible de una memoria que con constancia amenaza con desaparecer. La tristeza de la nostalgia es por lo regular el sentimiento que surge al revisar las cajas y, quizá por eso, parece mejor, mientras se pueda, sostenerse del recuerdo. Así un repaso de lo vivido que dependa del contenido de las cajas provocaría una serie peligrosa de lamentos y remordimientos por lo que se debió haber hecho y, muy probable sin escusa válida, no se hizo. Limitar las visitas al plano de lo ocasional, con su esforzada brevedad, parecen saludables pues proveen un caudal controlado de recuerdos que, por un largo tiempo, sirven de alimento para el análisis y la escritura, en lo que se hace necesaria otra inspección. La imperiosa mirada que en la mayoría de las cercanas andadas se les da, no revelaría a nadie su importancia, aun cuando lo que descansa inocuo en closet, es en realidad el corazón que late escondido detrás de las formas presentes de vida y comportamiento, pues no seríamos lo que somos sin nuestras memorias, y los objetos que se cargan para sujetarlas.

Entendemos gran parte del mundo por medio de lo material y a ello nos aferramos para mantener firme nuestra creencia de saber quiénes somos, pero este mismo acto de preservar constantemente objetos que «fortifiquen» los vínculos entre nuestra memoria y la realidad es, de hecho, un grito de desesperación por nunca saber quiénes somos y nunca desear olvidar lo que una vez fuimos.
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