
Con celeridad impulsando el desprecio, aceleró el paso intentando dejar atrás aquel hatajo de indecentes que parecían haber aterrizado en su camino. Su cargamento de piedras, talladas con las más cultivadas tradiciones de una tierra desértica, eran su única pieza de trueque por granos en la lejana ciudad. Siempre que evitara contacto visual con los ladrones tenía posibilidad de perderlos, pues aunque siendos tan pobres como el, y no tener medios de adquirir armas, sí contaban con una labia capaz de envolver al más despistado, en argumentos cargados de vorágines imposibles de escapar, haciéndola pieza central en su estrategia de robo, buscando transformar su delincuencia en servicio, cuando lo robado a una caravana ofrecían a la próxima, en su máscara de mercado andante que se enriquecía sin producir nada. Inmensos valles y altas montañas desplegados en la larga espera, eran los acostumbrados obstáculos de su arte. Piezas que no pocas veces hacían el viaje de vuelta, terminando como sostén de alguna pared; el escenario donde el estilo se repensaba y, con el tiempo, regresaba renovado a la cantera, donde la rica roca se presentaba sin agenda, abierta tanto a la repetición, como a la exploración; la empobrecida seguridad de lo sabido, frente a la enriquecedora valentía de renegar lo conocido. Insospechadas asperezas que podían ser o no pulidas. La ciudad hablaba otro idioma, siempre el dilema de aprender lo necesario o sumergirse de lleno. Lo mínimo permitía el encuentro temporero, el regreso continuo, despertando el odio de quienes pensaban que lo extraño era peligroso y mejor si se apresuraba el ser como ellos. Un mundo amplio lleno de nuevas ideas para una mina olvidada, pues el mundo está lleno de túneles y fosas con toda clase de hermosas gemas que esperan las manos del que pueda hacerlas aun más bellas.
