
Durante los años juveniles en la iglesia, mi pasión por la lectura creció de manera exponencial. Recuerdo con mucho esfuerzo haber tenido suficientes ahorros para comprar una hermosamente encuadernada concordancia bíblica, a la cual hace algún tiempo le había echado el ojo. Al llegar a la casa y en mi biblioteca, disfrutaba con gran placer de su presencia y, con delicadas y respetuosas manos, la abría con mucho cuidado para, entre medio de un inconfundible aroma que aun recuerdo, consultar sus eruditas páginas. Tenía entonces un amigo muy cercano en la iglesia al cual también le fascinaba la lectura y con mucho orgullo iba también poco a poco engrosando su biblioteca. Nuestras discusiones de teología, historia y filosofía eran deliciosas e interminables. Un día, como en muchos otros, lo invito a mi casa y le muestro con orgullo mi última adquisición, la cual le paso con mis manos y este procede a abrirla por completo, con ultrajante violencia, a la mitad, quebrando el lomo, colocándola expandida sobre mi escritorio y, añadiendo insulto sobre injuria, aplastando con su pulgar la división para asegurar que las páginas no regresen a su forma original. Hace algunos cuarenta años que no sé de el.
Ya con décadas de experiencia en el ejercicio de la pedagogía en Boston, tenía suficientes ahorros para viajar a Hong Kong, sueño que cultivaba ya por muchos años. En la librería de su fabuloso museo de arte adquirí varios fascinantes y hermosos textos, en especial un volumen inmenso encuadernado en cuero grabado a mano, y con imágenes que describían la historia de la acuarela en China. A mano lo cargué en mi regreso, imposible imaginar incluirlo en la maleta. Tenía así también otro compañero de carrera que, en la misma escuela, desarrollamos una profunda amistad que se centraba en una curiosidad intelectual que nos mantenía ocupados en mutuamente recomendadas lecturas, seguidas por largas horas de debate y reflexión. Al llegar de Asia lo invito a mi casa y, como en muchas otras ocasiones, terminamos en mi biblioteca hablando de libros. Yo, con gran orgullo le muestro la joya de mi última adquisición de libros, directamente desde la China y el, ni corto ni perezoso lo tomó en sus manos repitiendo a la perfección, el ritual de destrucción de mi amigo en la juventud eclesial. Poco tiempo después se casó y mudo para el Medio Oriente. De esto hace algunos 20 años, donde no he vuelto a saber de el.
