Rainy season

Mejorar en busca de la felicidad es un asunto de tristezas. Queriendo ser bueno le echaba cáscaras de fruta a las cabras, y ahora se la pasan en mi ventana exigiendo más. Mi esposa abandonó la sal, el azúcar, el arroz, la pasta y las frituras en la comida que con tanto amor me prepara. Llevaba años sugiriéndolo. Tomó pasar tres días en el hospital al borde de un derrame. Ahora me veo y me siento bien, libre para pasar mas años de aflicción, buscando el verso culminado. Como si la eternidad pudiese ser capturada en riesgo de que deje de serlo y entonces sí que nos fastidiamos, pues quién puede soportar un tiempo largo sin esperanza. Algo así como los insufribles calores que buscan el abanico eléctrico, quemando hidrocarburos que traen más calor. Pues si no fuera por el dolor, me hubiera muerto de hambre sin tener que negociar la esclavitud. Una vez intenté la conciencia y aunque no le dije a nadie, continué practicando el teatro de manera casi espectacular. Sus miradas se esforzaban por comunicar que no sabían, pero fue inútil. Así fue que hallé fuerzas frente un final que tan seguro de sí llamaba desde el fondo del lago. Nadé sin esperarlo hasta la otra orilla, para luego por siempre andar pensando qué pudo haber ocurrido con la energía de tantos amigos que allá abajo vieron raíz. ¿Acaso permanecer no equivale a estar solo? Mayo es como la esquizofrenia que no sabe si llueve o aun es sequía y sin el vaivén del arco solar, juraría que ya había estado aquí antes. Suerte que hace algún tiempo me dio por hacer sillas de varios colores que aunque los fríos han terminado quebrando, aun sostienen un peso cada vez más liviano e indescifrable de sí mismo.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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