
Mejorar en busca de la felicidad es un asunto de tristezas. Queriendo ser bueno le echaba cáscaras de fruta a las cabras, y ahora se la pasan en mi ventana exigiendo más. Mi esposa abandonó la sal, el azúcar, el arroz, la pasta y las frituras en la comida que con tanto amor me prepara. Llevaba años sugiriéndolo. Tomó pasar tres días en el hospital al borde de un derrame. Ahora me veo y me siento bien, libre para pasar mas años de aflicción, buscando el verso culminado. Como si la eternidad pudiese ser capturada en riesgo de que deje de serlo y entonces sí que nos fastidiamos, pues quién puede soportar un tiempo largo sin esperanza. Algo así como los insufribles calores que buscan el abanico eléctrico, quemando hidrocarburos que traen más calor. Pues si no fuera por el dolor, me hubiera muerto de hambre sin tener que negociar la esclavitud. Una vez intenté la conciencia y aunque no le dije a nadie, continué practicando el teatro de manera casi espectacular. Sus miradas se esforzaban por comunicar que no sabían, pero fue inútil. Así fue que hallé fuerzas frente un final que tan seguro de sí llamaba desde el fondo del lago. Nadé sin esperarlo hasta la otra orilla, para luego por siempre andar pensando qué pudo haber ocurrido con la energía de tantos amigos que allá abajo vieron raíz. ¿Acaso permanecer no equivale a estar solo? Mayo es como la esquizofrenia que no sabe si llueve o aun es sequía y sin el vaivén del arco solar, juraría que ya había estado aquí antes. Suerte que hace algún tiempo me dio por hacer sillas de varios colores que aunque los fríos han terminado quebrando, aun sostienen un peso cada vez más liviano e indescifrable de sí mismo.

Soy Maritza Alvarez Machín pero escribo bajo seudónimo, Amira del Mar Alvarez
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