
Igualdad y la repetición son hijas inevitables de la infinitud, aunque nunca lleguemos a verlas, haciendo de la variedad nuestra experiencia. Aun así, es conocida la sensación de andar y hacer siempre lo mismo, la letal rutina. Pero es esta una apreciación basada en la superficialidad, la pérdida de habilidad para prestar atención al detalle, el lugar donde se revela la maravilla de la multiplicidad de eventos que coexisten en cada instante de realidad, arreglos de piezas listas para la reconfiguración en el siguiente momento, donde la reiteración exacta de lo pasado se encuentra cerca de la imposibilidad, contrario a la inimaginable novedad. Una percepción que nos ayuda a apreciar la vida, la propia y la de todos los organismos biológicos que comparten nuestro planeta, como un acontecimiento remoto del cual no tenemos evidencia que se repita, en por lo menos el radio del tiempo que toma la luz en viajar aproximadamente 90 años, o algunos 851 billones de kilómetros, la edad que tiene nuestra capacidad de escuchar otras señales. Es decir, un verdadero milagro.
