
De jóvenes todos leíamos el Diario de Ana Frank. Una generación que aprendió olvidar el terror al que los poderes son capaces de someter una población seleccionada para el exterminio en su propio país, junto con una reinterpretación que solidificó el perfeccionado silencio y habilidad de mirar para el otro lado, frente los genocidios del presente.
El suicidio es una reflexión que lo humano hace sobre una vida que produce la idea de esta no ser suficientemente lógica o poseedora de propósito para continuar, tomando la decisión de terminar con lo que es capaz de entenderse a sí misma sin sentido. Así como los andamiajes teóricos que estudian los elementos históricos y culturales que los produjeron e hicieron capaces la organización de fuerzas que procuran su destrucción.
La vagancia educada más allá de la lectura superficial, que casi invariablemente descolla como arrogancia, y que en el descubrimiento del goce que representa la consistente búsqueda de la profundidad, el amor al saber, elabora un contrargumento social que independizado de la agenda que domina los medios de comunicación, crea un universo de fuerza capaz de extender irrelevancia a lo oficial, y a la vez ofrecer un mundo mejor que, en coordenadas que se conjugaron fuera de la lógica de los poderosos, desestabiliza los intentos de desmantelar lo que se desconoce como funciona.
