
El universo mismo vive y funciona sobre el accidente y la vida, el más imprevisto de todos sus milagros, se apaga lentamente con la eliminación de la casualidad y la carambola que el excesivo programar provoca. Muchos son los ejemplos, y en mis lecturas, las cuales tienden a seguir una agenda determinada por el proyecto al cual las adhiero, de entre sus más satisfactorias experiencias han estado la distracción de algún texto no planeado que, de forma interesante, es siempre la génesis de cualquier futuro diseño de estudio que para sorpresa de la mente racional, termina encajando como hermoso ángulo que la providencia aparenta haber brindado, en la comprensión única de lo explorado. Mi norte es el conocimiento, el cosmos donde se desenvuelve mi pasión.
Hoy el entusiasmo de encontrar vida inteligente en otros planetas va desapareciendo y, sin embargo, la gran posibilidad de que estemos solos, bien sea porque no haya nadie más o por las limitaciones que nos impone el universo mismo en la naturaleza de sus distancias y expansión, nada ha hecho que demos una nueva mirada a nuestro fenómeno y dejemos de tratarlo como desechable, en lugar de favorecer ideas de privilegio, el horizonte que atrapa el ardor que algún grupo con acumulado poder impone. Ilusión de informática y automatización avanzada que ricos y poderosos poseen, que hasta hace poco los dedicaba a imaginarse ejerciendo una vida extraterrestre, no muy lejana en el tiempo, en colonias humanas que le permitieran, por el momento, extraer el mayor valor posible de nuestro planeta, sin temer a las consecuencias, sufriendo de un delirio de invencibilidad alimentado por la captura desmesurada de recursos y la misión de que todo es posible con suficiente capital disponible. Sin embargo esa idea parece haberse igualmente difuminado, pues cualquier conocimiento serio sobre las dificultades de que humanos puedan sobrevivir fuera de nuestro planeta, apunta hacia su improbabilidad. Desorientados por la debacle de su inacabable futuro en las estrellas, sus proponentes se han encerrado en su empeño de hacer lo único que saben, crear valor destruyendo el planeta y la humanidad, aún cuando la misma ciencia que les informó sobre su fantasía planetaria, les haya también mostrado que su estrategia de acumulación es insostenible y que tarde o temprano colapsará en su autodestrucción. La quimera de que la tecnología y la suerte que piensan siempre los han bendecido intervengan, y de alguna manera aseguren su continuidad en la Tierra persiste, con total conocimiento de que para cuando vengan a querer cambiar, quizá sea demasiado tarde.
Pero no hay veredas fijas e inevitables, pues el capital en su compromiso por permanecer, también sabe que el buen y prudente manejo de los recursos es además rentable, pues ya lo ha hecho antes, y es bien posible que luego del presente periodo de desesperación, en el intento de regresar a las idealizadas buenas glorias de un mítico pasado, se acomoden a una forma de dominación que se abre a las ideas e implementaciones necesarias y razonables, pretendiendo extender su buena fortuna algunos años más.
