
No había literatura en el lugar que originó a Genghis Khan, que con voluntad salió a conquistarla hacia los reinos que por tenerla se entendían custodios exclusivos del mañana, arrebatando símbolos de engreídos mundos para escribir lo que más sonara como su nombre y hacer que los futuros lo pronunciaran.
El alma mater impactó y determinó de forma maravillosa y positiva el resto de mi vida. Una existencia que he pasado encontrando y aprendiendo de lugares y personas capaces de entender el presente e imaginar el porvenir, sin necesidad de haber adquirido educación universitaria. Dos mundos que cuando capaces de sobrepasar la sospecha y el exclusivismo, facilitan el esfuerzo mutuo de adherirse a la bondad como propósito del ser, neutralizando con doble sabiduría las fuerzas del egoísmo.
Si bien las instituciones públicas de educación universitaria están hoy bajo el asedio de un poder que a todas luces ha logrado reducir la inferencia del pensamiento crítico que en ella se forja, no hace muchas décadas atrás este se desarrollaba con mucha más fuerza, y la formación de generaciones que gozaron del privilegio de tener como profesores a intelectuales que con claridad vieron la debacle que se aproximaba, en nada impidió su llegada. Pues en la separación del pensar como profesión que se justifica a sí misma por un lado, y un desarrollo ciudadano independiente por el otro, sin importar que sea por elitismo intelectual o por desmantelamiento político, se pueden encontrar las condiciones para un similar resultado.
