Ojalá me equivoque

A nivel microscópico, las alas de las mariposas son constituidas por estructuras con espacios iguales a la onda de luz solar que dejan pasar. Este es el origen de su color y no algún pigmento. La pregunta que contempla el biólogo es cuál fue el beneficio que incentivó el desarrollo de esta situación. Acaso son los cautivantes tonos una casualidad que surge de permitir la flexibilidad que provee la fragilidad de sus alas. Siempre me preguntaba la razón por la que las mariposas tenía un vuelo tan errático. Ver las dificultades de las aves al intentar cazarlas fue la respuesta. Un ensayo entre los miles fallidos que probó ser beneficial. La clara estrategia de la naturaleza de hacer y hacer, con el fracaso como norma y sus consecuencias, en el camino a dejar que alguna funcione. Esto entra en clara contradicción con el plan de las computadores en su búsqueda por igualar y superar al humano, donde estas buscan la perfección que elimina el error. Siendo el caso que en el deseo de superarnos, se embarcan en la más “inhumana” de todas las acciones, evitar la equivocación. No es que los ordenadores no busquen en el error, pues lo hacen, pero no para perseguirlo como táctica, sino para suprimirlo, lo que le da a la máquina el poder de decidir de antemano lo que entiende no funcionará y, he aquí la gran diferencia, pues asumir que se conocen todos los factores de la realidad es iluso, cerrando el camino a lo que con circunstancias imprevistas probaría ser la mejor solución. Para los circuitos ser más humanos tendrían que aprender a permitir el error a propósito como alternativa, en el reconocimiento de una inevitable imperfección.

Imagen:
Joiri Minaya (Nueva York, EE.UU., 1990)

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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