
El agobio de la perfección, la repetida verdad erosionada, el ansia por la aventura, el desprecio del que dirán, y el principio de la esperanza son las estaciones de la ruta trazada por quienes descansan despiertos en el arrullo de la pregunta impensada, trascendental, frente a la dinámica de un proceso que juega a perderla endulzando el desecho tóxico, y practicando la burla del diferente, la búsqueda del cantar eterno de Melpómene. Un caballo de la vieja estepa escita, raíz de las conquistas y del lenguaje que aprendió mi padre. Eras donde solo el humor de la angustia mutua les hacía compañía camino al final. Tiempos que la ingenuidad pensó jamás volverían. Una divinidad capaz de calibrar la maldad convence al hombre de que también puede hacer lo mismo, cuando la vileza humana no es más que el resultado de pensarse conocedor de todos los factores, el error de la casual ignorancia y nunca del cálculo, por más que lo que quiera o lo piense. El susto que esparció a los niños, despavoridos, sin idea de a qué le huían. Difícil es arrebatarle el saber a quien a Platón ha leído, donde aún en la ciénaga más apestosa, hundido, levanta y saca la mano mostrando alguno de los diálogos subrayados, con el poder inagotable de la marginalia que en más una noche despide luz por la ventanas.
