
Nada desaparece. Todo va dejando una estela perfumada, una recomposición de lo que toca y queda como evidencia para recordar. Pasados y futuros que se capturan del catálogo de todo lo que es y está. Lo que parece que llegó, lo hizo para quedarse, pues siempre ha estado ahí. El que halla un tesoro y entiende en el instante que es la primera persona en verlo, pasados cuatro mil años, debe contener la emoción de una lágrima acídica que pueda alterar la pureza del espécimen; campo de batalla entre la prosa lógica y la poesía. Hay resultados numéricos correctos que no se pueden probar con cómputos matemáticos, abriendo el campo —gracias a Gödel— a nuevas formas de leer e interpretar la realidad. Puentes que, sobre los resquicios entre el nivel subatómico que la Mecánica Cuántica muy bien explica y predice, y la realidad macroscópica donde la Mecánica Clásica funciona con poder, se elevan con novedosa reflexión. Es el borde mismo de las cosas ofreciendo conjugaciones. Un camino ya trazado del que alguna vez se optó por reconstruir, y que indeleble se continúa ofreciendo, en cada nuevo nacimiento, haciendo de las ruinas una pasión que con brochas y delicados pinceles recupera el espacio desde donde nos renueva la existencia.
