
Una lectura debe moldear con fuego la madera de la conciencia, respirando el incienso que agita los sentidos y las cenizas, como setenta y siete mil hojas que tatúan la piel, en una antigua ceremonia que hoy sólo algunos practican un miércoles al año. La decisión final, el llamado a la ponderación de todos los argumentos que orienten el andar, la exhausta deliberación de unos jueces empapados en el saber de leer las señales del viento tanto en verano como en invierno, y entregadas, simples y contradictorias, a todo domicilio. El buen actor aprende que el intercambio de máscaras es una superficialidad de limitado efecto y, desde lejos, observa con cautela y pasión al estudioso que escudriñando altera su pensar y su físico de manera permanente. Una imaginación que disolviendo la mortandad de las estaciones, hizo hogar en todas partes, y hoy apuesta a una soledad con dosis de amistad virtual y tratados que preservan recuerdos inmortales. Pintando líneas sobre las aguas, aprendió del espacio curvo y de infinitos que detienen el tiempo y, aún así, con el texto de topología sobre las piernas se sienta extasiado, en la silla de su balcón a ver el rayo que fiel se cuela, entre la acacia y el mangó, celebrando al más viejo de sus ancestros que todavía planta preciso, el día que en su noche miden, exactamente lo mismo.
