
El que se mete a cristo termina crucificado, decían mis adultos en La Isla y, aunque es interesante imaginar un mundo sin cristianismo sería fútil, pues el abrazo a lo que se entiende por verdad necesaria, en contra de las fuerzas establecidas, es un espíritu que ha rondado y aún mueve a la humanidad por todas partes. La actitud quizá más difícil de recordar y mantener, para los que practican el mesianismo, es la falta de violencia en el proyecto, siendo que para Jesús, Sócrates, Martin Luther King Jr., y un selecto grupo a los que se les podría llamar realmente iluminados, la muerte no estaba en sus agendas, a menos que por imposición ajena, fuese la suya propia. Comportamientos tan poco comunes que parecerían una extraña mutación de la cual somos incapaces hacernos parte. Lo que se pierde de vista es que toda acción presente, mayoritaria en su humanidad, fue en su principio una desviación única de lo existente, como nuestro género mismo y que, de modestos e improbables inicios, terminó arropando el planeta. Pues todo mandril en su origen fue célula, y de la más leve caricia despierta el amor de toda una generación.
