
Hay pereza en el coro y honra en el esfuerzo de rebuscar lo impensado, en la sorprendente combinación. Piense que desde la perspectiva de un fotón, la partícula mínima de luz, energía pura, el viaje de un extremo a otro del universo ocurre de manera instantánea, y en el momento que se sacrifica el primer animalito para satisfacer a algún dios, instante que permanece grabado en la eternidad, se permitió alimentar lo peor de la humanidad; consecuencias que, por supuesto, aún cargamos.
Dicen que el encorvado se pierde el cielo, como si en las páginas y el andar de las hormigas no hubieran cosmos que incluyan la caricia imposible de olvidar, tanto más una bofetada. Si toda acción puede ser justificada, solo nos queda la moral como espacio de salvación contra la maldad. Las reglas lógico-matemáticas que con consistencia describen los elementos de un conjunto, a la vez crean, según Gödel, la posible existencia de lo que terminó fuera.
Entre los siglos séptimo y noveno, los emperadores tibetanos ejercían control militar sobre una amplia geografía que incluía lo que hoy es Pakistán. Podría entonces escribir “ya no hay misterio,” a pesar de su imposibilidad, y a menos que en el camino halle un río, los perros siempre me encontrarán. Así la respiración no pudo ser dejada a la conciencia, moriríamos dormidos, tornando la tierra de los sueños en la ilusa permanencia de quien se desconecta con el infinito y las estrellas que cocinaron el carbono y oxígeno que intercambiamos con las plantas.
Preciso se hace entender que la impotencia frente al tonto con recursos se refugia en el inminente error que tarde o temprano lo sacará de circulación, terminando por añadir un nuevo nombre a la lista, pues la tontería es universal.
