
Hurgando nacemos, muriendo en cuanto dejamos de escarbar, pues de la naturaleza aprendieron también los que nos quieren engañar, viendo que la tierra no es tal, sino minerales y sal, como tras la imagen que en pantalla esconden, los que siempre procuran ganar.
Me senté a escribir un libro con pedazos de apuntes que acumulé en los pasados cinco años. El editor insistía en la necesidad de un hilo conductor que hilvanara los capítulos. Le dije que eso era yo, el autor de toda la diversidad de tópicos que ahí estaban rebuscados; cada escrito una expedición a alguna jungla o planeta desconocido y el conjunto, media década de asombros propios, sin siquiera considerar los caminos del pensar por los que andaría el lector, aun cuando fuese solo uno. Me tomó casi un año y al final quedé satisfecho con el resultado. Aún no se publica.
En 1728 aparece un libro en Venecia que intenta ser periódico, “Raccolta d’ Opusculi Scientifici e Filologici.” Unas quinientas paginas en donde se incluyen y solicitan trabajos de erudición en todas las materias que puedan edificar al curioso lector educado, con la expresa intención de ayudar en la creación de nuevos intelectuales para las pujantes y dinámicas ciudades italianas. Un énfasis sin embargo, se añadía a la petición de escritos, aclarando que esta estaba dirigida solo para “sabios, entre los cuales por supuesto no se encontraban aquellos que solo hayan escrito poesía, textos legales, tratados morales o de teología, o algún otro tipo de tópicos como estos, entre los cuales no se podía encontrar ningún letrado.”
