Casi nada como construir una casa y sentarse, preso de la imaginación, en la añoranza de todos sus posibles futuros, tan reales como los pasados que terminaron por inventarla. El día comenzaba con una diminuta llovizna de marzo, casi de mentira, alertando a los animales; la gran acacia del patio llena de hojas que ayer no tenía, y el anuncio que mañana cambiaba la hora en Boston, antípoda que sí sabe marcar sus primaveras. Me aprendí los hijos rebotando la mirada en las páginas del libro. Ellos hacían como que yo no veía, mientras los memorizaba trazando la fuente de sus gestos sobre el papel. A los cincuenta nació el primero y a los cincuenta y uno mi primer libro. Hoy el segundo adora su primer reloj de pulsera así como amé el mío, que un día se detuvo y no hubo manera. Lo guardé en la gaveta como por instinto, hasta que de adulto entendía la pureza del tiempo detenido, esa que se alcanza cuando los pensamientos viajan, a la velocidad de la luz.
Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.
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