
El orgullo de elaboradas piezas creadas para no ser vistas, sino sepultadas, eran el sello de un tiempo donde el talento entendido como inmerecido regalo, se brindaba en reconocido agradecimiento para el servicio de un momento comunitario, el fin más supremo. En cambio, una época como la nuestra derrotada por la avaricia que, creando una invisibilidad extendida por los campos del menosprecio, deja sin remedio a los que se entienden hoy obligados a la exaltación propia de sus facultades, sean estas valiosas o no y, en ambos casos, la triste fragmentación donde se consolidan los poderosos, los creadores de la adulación de sí mismos como proyecto nacional, la invitación a la ineficiente imitación. La práctica de la filosofía y la poesía, que hasta hace poco representaban la dupleta preferida para el entendimiento de las cosas, anda ahora en vergonzosa retirada, hecha culpable en su desaprovechada oportunidad de asegurar el progreso de todos. Una frustración que marca el estudio y su promesa incumplida, como objetivo para el desdén. Es entonces posible considerar que somos el resultado de un pensamiento que analizó y estructuró los acontecimientos pasados como una cadena de logros tecnológicos que en sí mismos cargaban el signo de la libertad y la abundancia, cuado en realidad no eran más que la lenta narrativa que se fue grabando en las conciencias de una humanidad que se identificó con los éxitos de los grupos que acumulaba poder, los cuales, estos últimos, al verse al borde del abismo que los señalara como responsables, proclaman el desecho del razonar como salida al estancamiento que aún nos mantiene en la desigualdad. La clave de la alternativa bien podría estar entonces en desatender a todo el que se adjudica el rol de visionario, pues la verdadera enseñanza de la historia está en que los portavoz de la liberación son siempre los nuevos señores que en realidad no son más que un grupo de los viejos señores buscando cómo permanecer en el tope. Mejor saldríamos contemplado las bellezas pintadas en las cuevas de la prehistoria, como el producto juguetón de niños que, como todos los niños de la historia nacen curiosos y expresivos, antes de que la educación institucionalizada destruya lo más hermoso que traemos, en nombre de la ciencia en boga, o el progreso de la ocasión.
