
Los mercaderes venecianos de los siglos XIV y XV practicaban un intenso intercambio de especies, materia prima y productos por todo el Mediterráneo, el interior europeo y hasta los extremos del conocido Este, en campañas tan costosas como peligrosas. Tanto así, que si de cada cinco expediciones perdían cuatro en robo, guerra o naufragio, la que sobrevivía producía suficientes ganancias para cubrir las pérdidas de las otras, y a la vez enriquecer a sus comerciantes, convirtiendo su ciudad en el puerto más importante de todo Occidente y, depositando su dinero en los bancos Medici, hacían de Florencia el centro financiero más rico del planeta, en otras palabras, el corazón mismo que dio vida al Renacimiento. Narrativa tentadora está, de la cual los artistas e intelectuales se hacían y aún se hacen parte, perdiendo de vista el trabajo de los cosechadores de especies, los mineros de materia prima, los trabajadores textiles y los marineros. Fórmula para el lucro y máscara de la explotación que poco ha cambiado en siete siglos. Así, cuando se dice que es sobre los hombres de gigantes del pasado que se ve el horizonte, es común confundir sobre quienes realmente nos hemos parado, para poder reclamar las riquezas del presente y las aspiraciones del porvenir.
