No matarás

Esclavo de las traducciones, no puedo saber con certeza lo que dijo Platón ni siquiera Nietzsche. Solo me consuela pensar que un lector de mi propia lengua, jamás tampoco entiende por completo lo que quise decir. Más aún, cuando releo mis notas de la antigüedad, con frecuencia me pregunto que sería lo que pensaba entonces. Así la queja inicial, sin perder su validez, a la vez se disuelve en la buena abundancia de interpretaciones que, después de todo, nos acercan aunque sea un poco, a la infinitud de puntos de vista que cualquier escrito pueda generar. Una saludable posición que nos inmuniza contra el virus de las verdades absolutas. Este entendimiento es reciente y por lo tanto lleno de confusión pues, acostumbrados a buscar un punto de apoyo que nos ayude a delinear nuestras acciones, influenciados quizás por el Renacimiento europeo y la Ilustración, nos aterroriza un presente que ha visto el surgimiento de lo que llaman verdad frabricada, acusándola, con razón, de servir para el beneficio de los que nos engañan. Como si alguna vez hubiésemos visto algún individuo o grupo que con éxito haya sido capaz de promover alguna verdad de la cual no tome ventaja. Así, como el plano arquitectónico es el paso que orienta la idea de la construcción hacia una realidad que negoció su resultado con centenares de pasos y actores, el escrito también ofrece una posibilidad de solidificación ideológica, la consolidación de un ejército de palabras destinado a enfrentarse a una interminable serie de lecturas que felizmente lo modifican. Pero trabajo aún nos cuesta aprender a vivir en un mundo donde la multitud de opiniones puedan subsistir al unísono, en una perpetua batalla, humanamente gentil, por la dirección a seguir. Sin embargo, es precisamente esto lo que la naturaleza hace minuto a minuto, con la ocasional violencia que nuestro ideario ha propuesto imaginar eliminada, nunca teniendo un compromiso inviolable por algún resultado específico, excepto la constante de ajustarse al mejor de los caminos que cumplan el sagrado mandamiento, según las siempre variables circunstancias.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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