
Hasta finales del siglo XIX se pensaba que los diferentes niveles de salarios representaban una ley natural que la lucha obrera era incapaz de cambiar. En otras palabras, las cosas son como son y el nicho social donde te tocó nacer y trabajar responde a una ley divina que solo los trastornados de mente son capaces de cuestionar. Una arrolladora valorización del individuo se ponía en marcha, cuyos efectos aún vivimos, desbocando en la impredecible actitud de un pensamiento que se justifica a sí mismo, por el simple hecho de ser producido por un ser de incalculable valor. Se desmantela sin querer una razón que dependía del consenso, sustituyéndola por la capacidad carismática que logre despertar mayores emociones y por lo tanto adeptos, como nuevo norte para la acción. Un impetuoso proyecto de libertad que en el mundo de el capital nos ha dejado prisioneros dentro de nuestra propia piel, desbandados, y en añoranza de los viejos sistemas de apoyo que, con reflexiones que cargan más de un siglo de atraso, han quedado disueltos en la ineficiencia. Una especie de luz bloqueada por la espesura de un bosque que al dejar filtrar unos pocos rayos, nos hace pensar que en lo alto aún brilla un sol. Un jardín urbano desplegando la nostalgia de una cuidad empecinada, negando haber destruido el bosque.
