
Ofreciendo la mueca a la que nos tenía acostumbrados, tomó algunos segundos darnos cuenta que estaba en agonía. Así la desesperación cedió a la aceptación, y unos ojos que invitaban a la recién paz descubierta nos alejaron, abrazados a una vida que en su locura, aún nos ataba en idolatría. Nadie entiende el amor del otro, ni tampoco el odio. Y la inevitable imitación desarrollada en lo que fuimos y seremos protagonistas, despierta hoy la negación absoluta, la cultivada habilidad del autoengaño. Es el crecimiento alimentado por la mirada que nos regalan nuestros hijos pequeños, nuestros alumnos, la que no siempre se entiende como la fuerza de un recuerdo necesario atesorar, para cuando con el tiempo, inevitablemente, nos miren de otra manera.
La melodiosa orquestación del canto de los grillos en noches de campo que se apaga, en cuanto sienten nuestros pasos sobre la grama. Una belleza que solo se brinda desde la lejanía, desde el mundo de la ilusión que va desapareciendo con la deseada cercanía. Y aún entre tanto ritual de la fija repetición humana, la combinación de pensar y sentir con la que dispongo me hace capaz de con suerte, esfuerzo y maña, crear algo nunca antes experimentado, el infinito catálogo de la unión entre amor y mente el cual, para sorpresa y lamento de muchos, de infalibilidad posee poco. Pues que bien me puedo ver en traje y corbata, o de científico la bata, sin considerar la profundidad y el detalle de lo que hago y mucho menos sus consecuencias. Así andé por la vida creando debates y abriendo caminos de paz, alegría, muerte y mucho sufrimiento, sin saber o sabiendo, pero pocas veces deteniendo el caminar. Pues de imperceptibles y pequeños momentos que casi nadie observa está hecho el universo y si no, piense en la gravedad, la más débil de todas las fuerzas que, desatendida, termina en una singularidad.
