
La común desestimación que crea lo inesperado, es el taller donde florecen los artistas de todo campo, quebrando los sellos de lo impensable, abriendo los baúles de lo imposible, la cultivada capacidad de siempre mirar para el otro lado. El horizonte del mar como reto a vencer los temores del boquiabierto, o la tranquilidad de la tierra que los acepta, para solo de vez en cuando, seguir preguntando.
Es lo invisible que nos separa lo que se detiene a pensarse en nosotros, pues no estamos hechos de tierra, ni mucho menos de agua, sino de aire, donde la forma en que cada átomo de carbono en nuestro cuerpo, la esencia misma de lo vivo que nos llegó a través de los árboles y las plantas que lo capturaron de la atmósfera, usando la energía solar como la preferida herramienta de su taller, fue revelada en el triunfo intelectual de Anaxímenes de Mileto.
Un niño del México prehispánico que, según los contadores del sol, encargados del conocimiento y las pinturas que determinaban el orden de los eventos, hubiese nacido en un tiempo infausto, tenía la oportunidad de que sus padres eligieran con cautela el tiempo para nombrarlo, y así poder ajustar su destino. Aun hoy, en el campo donde vivo, los niños que muestran tendencias enfermizas son sometidos por sus padres a un ritual donde se les cambia el nombre dado al nacer, como mecanismo para ponerlo en la vía de la salud, esa que aprende a entonarse con el ritmo de las cosas. Pues para hallar el terror no se necesita escarbar más allá de lo que se impone como familiar, la insistencia de lo reconocible.
