
El acto de mi conversión al cristianismo, en el contexto del pentecostalismo era, sin yo saberlo, la continuidad de una tradición que venía desde San Agustín, a finales del siglo IV, la cual este narraba similar a la de San Pablo, que era también lo que yo aprendí a hacer con la mía, a pesar de siempre pensarla y actuarla como contestataria al catolicismo. Dos vertientes de una misma herencia apropiándose un común origen.
Una vez asentado el sentimiento de una persona creerse superior a las demás, esta deja de existir. Puede ganar el Premio Nobel y todos los reconocimientos habidos y por haber y, confiados en la grandeza y sabiduría de un mundo que con su presente e historia sabe proveer cantidades enormes de buena literatura y nobleza, es posible sentir un universo que cuenta con todo lo necesario, mucho más de lo que una vida pueda asimilar, sin la necesidad de girar en torno a la existencia de la descartada arrogancia. Qué motivo pudiera tener alguien para actuar como imprescindible, cuando nadie lo es, escapa mi comprensión, liberándome para la dedicación de estudiar y aprender de la bondad. Aún así, tengo un puñado de amigos parejeros y a los amigos hay que quererlos como sean. Pero de nuevo, contados con los dedos de una mano, pues en un mundo virtual que pone a varios billones de humanos disponibles para la amistad, ¿quién puede pensarse indispensable y, peor aún, con el concedido privilegio de ser mala persona?
Hay riachuelos sobre los papeles de mi biblioteca que en su lento flujo de oraciones van, imperceptibles, añadiendo a una cuenca sin salida que tarde o temprano se desborda, primero en pequeñas e inocentes gotas de palabras debilitando un dique que al quebrarse, termina despidiendo un torrente violento de escrituras. La reconstrucción que sigue al desastre es génesis de inesperada belleza.
