
Una madre lee la carta de su hijo que mintiendo, desde lejos, le cuenta la serie de buenas fortunas que ha tenido. Participando de las alegrías que su amado le comparte, la madre se guarda para ella el profundo saber de que la realidad es contraria a lo escrito, procediendo a redactar una contestación de orgullo que al ser recibida, se lee con satisfacción y vergüenza, por el dolor privado que causa.
No hay emoción ni pregunta que el primer hombre frente a la naturaleza se haya hecho, que no repitamos hoy. El evento marca nuestro principio y sello, cargando el expandido error de creerse inicio. Pues mientras más la expresión se acerca a la conjugación del todo, más aislada se siente, intentado consolar la angustia con sagrado ropaje de profeta, cuando se debió andar desnudo incrementando el inventario de imaginarios de entre los que se construirá un futuro que aunque oculto, siempre estuvo ahí.
Gwyneth Paltrow, en su interpretación de hija y heredera de un gran matemático que había perdido sus facultades, llevaba años trabajando con intensidad en la solución de un problema que había derrotado a siglos de especialistas. Su mente vivía en la búsqueda permanente y un día, abriendo la puerta del refrigerador, la solución de la pregunta que se traía a cuestas desde Euclides, se formó clara en su mente.
El día que pierda la fuerza, el entendimiento y la vista, y ya ni siquiera escuché al quincallero que en su oferta anuncia la hora, ojalá sea cerca de un niño.
Para Pablo de Rokha, quien suele andar por ahí.
