
Preservar el corazón que se tuvo de joven ante cada descubrimiento es la habilidad de vivir el presente con la constante memoria de lo experimentado la primera vez, aquella donde se juró fidelidad absoluta al sentimiento que revolcó el alma. Así, durante una extendida vida que gusta cambiar sus motivos, en perenne solicitud de atención, la aceptación de alguno que lleve a la acción del compromiso se aprende a medir, no como resultado del análisis intelectual, sino como la identificación de la emoción que logra imitar la original, recordando aquella vieja vorágine de impulsos internos destellando belleza, paz y esperanza, dándonos esta la señal para sumergirnos en la tarea de entenderla y compartirla. Luego es preciso tentar la sistematización. La excitación que permanece sola, convertida en intuición, es arrogate vanidad, desastrosa pereza; en el otro extremo, el pensar como único norte, la coraza de la engreida infalibilidad.
Hay nuevas verdades en todo y mucho se ha dicho sobre el fracaso como enseñanza, pero más difícil es hallar argumento para escarbar la calma, con la más alerta de las sospechas. Como quien en un descubrimiento expresa su innegociable libertad de ser, cantando a los cuatro vientos su capacidad y derecho de hacer lo que le da la gana. Nada más falso que el autoengaño que pretende con palabras tapar el sol de la posición a que se le ha moldeado en la sociedad, con la mano de un estribillo. Es de valientes enfrentar y abrazar la incertidumbre y el desconcierto, y de tontos hacerlo sin la elaboración y reelaboración continua de planes y estrategias. Dejar al destino totalmente a cargo de lo desconocido es un gran riesgo que suele ser mortal. Solo los más débiles tienen alguna improbable posibilidad de sobrevivir en los raros fulgores de nobleza que a veces despiden los humanos.
