
Proteico del amor olvidado, como si el desdén garantizara el claro comienzo, limpio de todo error pasado e inmune a las impredecibles peripecias del recuerdo. Una pantomima sin tablas de escenario, o más bien, donde el teatro se agigantaba, capturando la ciudad toda y pretendiendo que los colores despedidos de las vitrinas cargan, codificados, las coordenadas del nuevo amanecer, mientras una audiencia de transeúntes aplaude en sus adentros, el regreso de algún pródigo hijo que finalmente abandonó el mundo de la insidia y ahora vuelve a la buena rutina de los tiempos, en lugar de insistir fortuna en la tierra de los cangrejos que, andando de lado, no se cansan de batallar el tráfico invasor en las playas que ya no son de nadie, en el anárquico intento de vaciarle las gomas con las pinzas de sus extremidades. Algo que aprendieron viendo a las exitosas hormigas y, confiadas en el modelo, lo repiten una y otra vez, en espera de la certera victoria final. Y es que tiene que funcionar, pues al que se quedó en el arenoso hoyo pensando que era inútil lo despedazaron, confirmando la eficacia de sus herramientas. Pero los retornos no son más que recurrentes fracasos disfrazados. La confirmación cósmica de que algo siempre ha andando mal. No dejando más remedio que abrazar al medio talento que cuestiona, pues un batey que negoció su soñar, por un plato de lentejas, cualquier apéndice que enriquece a los ricos mientras los critica, es hoy la definición de radical. Con el doble beneficio, de nuevo para los hartos sapos, que los que los tildan de limitados son unos idiotas, división sobre división, más purina pa’ los pollitos.
