Cortantes reflejos

“de cada hora mía retoña una distancia”
Cesar Vallejo

Harto de que lo trajeran y llevaran sin la decencia de consultarlo, el cristal decidió quebrarse en pedazos entre las manos que sin guantes pagaban la ofensa, con puntiagudo y sangriento dolor. Era para él el fin — dramática opción —, pero quizás el principio de una existencia que en centenares de cortantes reflejos vivirían esparcidos por el planeta, causando tantos dolores de cabeza como le habían causado; quizás un destino mutuamente elegido.

Los domingos — acostumbrado a levantarme a las 4 de la madrugada durante la semana para prepararme y llegar antes que nadie a la escuela y mi salón de clases —, despertaba a la 6 de la mañana, empachado de cama y listo para salir a desayunar e ir al mercado. Cuando regresaba al apartamento, con todo lo que necesitaba para la semana, eran aún las 8 y tenía el resto del día para mí. Las actividades variaban según la época, pues hubo tiempos de novias y de soledad, de estudios y de preparación de clases, de arrebatos y bebelatas con juegos de los Patriots, de lecturas y escrituras, y hasta de esposa y recién nacidos. Diecisiete años en un mismo apartamento de Boston concluyeron mi vida de 3 décadas en la ciudad. Cuando salí con la familia para permanentemente establecernos en Las Filipinas, no tuve necesidad de mirar para atrás, pues no pude pensar en nada que no hubiera hecho, dejando un país que en el regreso a sus bases, incrementaba la sospecha con que me toleró. Todo lo nuevo y excitante estaba hacia adelante, como una vez lo estuvo, en su confusa mezcla de temor y esperanza, la salida de mi país natal.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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