
“de cada hora mía retoña una distancia”
Cesar Vallejo
Harto de que lo trajeran y llevaran sin la decencia de consultarlo, el cristal decidió quebrarse en pedazos entre las manos que sin guantes pagaban la ofensa, con puntiagudo y sangriento dolor. Era para él el fin — dramática opción —, pero quizás el principio de una existencia que en centenares de cortantes reflejos vivirían esparcidos por el planeta, causando tantos dolores de cabeza como le habían causado; quizás un destino mutuamente elegido.
Los domingos — acostumbrado a levantarme a las 4 de la madrugada durante la semana para prepararme y llegar antes que nadie a la escuela y mi salón de clases —, despertaba a la 6 de la mañana, empachado de cama y listo para salir a desayunar e ir al mercado. Cuando regresaba al apartamento, con todo lo que necesitaba para la semana, eran aún las 8 y tenía el resto del día para mí. Las actividades variaban según la época, pues hubo tiempos de novias y de soledad, de estudios y de preparación de clases, de arrebatos y bebelatas con juegos de los Patriots, de lecturas y escrituras, y hasta de esposa y recién nacidos. Diecisiete años en un mismo apartamento de Boston concluyeron mi vida de 3 décadas en la ciudad. Cuando salí con la familia para permanentemente establecernos en Las Filipinas, no tuve necesidad de mirar para atrás, pues no pude pensar en nada que no hubiera hecho, dejando un país que en el regreso a sus bases, incrementaba la sospecha con que me toleró. Todo lo nuevo y excitante estaba hacia adelante, como una vez lo estuvo, en su confusa mezcla de temor y esperanza, la salida de mi país natal.
