Solo soy de aquí

De la época en donde, para la escuela, había que forrar los libros y, aún en la universidad recuerdo, con emoción, comprar forros blancos con líneas rojas y en el centro, la torre del recinto. Así, cuando con paso acelerado caminaba al salón, daba la impresión de que este se acercaba, para luego en la clase de física aprender que la imagen que veían mis ojos viajaba siempre hacia mí, a la misma velocidad, no importando si yo avanzaba o detenía mi andar. Esto obligaba al reloj en mi muñeca a reducir su tic toc, según yo aceleraba mi correr para, irónicamente, no llegar tarde. De no ser así, la velocidad de la luz, que es la velocidad a la que la imagen del salón viaja hacia mí, tendría que reducirse por la velocidad a la que yo caminaba en su contra, y tal cosa es imposible, pues si yo lograse acelerar a la velocidad de la luz —por otras muy buenas razones una imposibilidad—, llegaría instantáneamente al salón y por el camino iría ciego, pues su imagen no hubiese tenido la oportunidad de llegar a mí.

La reducción del tiempo que experimentaba en mi joven andar era de unas millonésima de segundo, nada que hiciera mucha diferencia. Pero esta situación obliga a pensar, correctamente extrapolando, el dramático efecto que esta ley universal tiene, si mi clase fuese en una galaxia lejana y yo me viese obligado a viajar, “para llegar a tiempo,” a una alta velocidad. La hora que marca el reloj de mi consola, sin yo darme cuenta, pasaría tan lento, que mi edad apenas cambiaría, comparada con la de mis amigos y familiares que dejé en la Tierra.

Así los satélites que orbitan el planeta orientando la posición de mi teléfono y ayudándome con la mejor ruta a seguir en mi camino a cualquier lugar, estimando incluso el tiempo de llegada, deben ser continuamente ajustados pues al viajar a velocidades tan altas con respecto a la nuestra, ambos vivimos, simultáneamente, en diferentes tiempos o, más correcto aún, en diferentes y paralelas realidades pues el tiempo, a fin de cuenta, es de naturaleza tan relativa, que no se puede considerar parte de las cosas.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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