
Entre los primeros textos que con pasión de niño esperaba para devorar, estaba el Almanaque Bristol que puntual llegaba todos los años a la casa de mis abuelos, en las montañas cafetaleras de Aguas Buenas. Una tradición de recomendaciones calendáricas para la cosecha y demás actividades humanas que se remonta a Hesiodo, tomándola éste de las prácticas del antiguo Egipto y la legendaria Mesopotamia, inconsciente para mí que era literatura lo que tenía entre las manos, como para las viejas civilizaciones era lo único que podía ser.
Engreida y arrogante, cual si pretendiente de Penélope en la corte de Ítaca, buscando tomar posesión de lo que no le pertenece, la oposición que se enfrenta al vacío político sin mayores planes que el beneficio propio, reta a unas tradiciones que si bien necesitan siempre ser desafiadas, lo hace defendiendo el poder como un ejercicio que para nada implica el servicio a los demás, intentando arrebatar la ventaja que entienden les da una población despreocupada por el ejercicio ciudadano, entretenida en su cotidianidad.
Sin embargo, los espacios que reclaman dirección no se limitan al poder central de la corte y la ciudad, sino que también se forman continuamente en las comunidades y sectores apartados de la oficialidad, con frecuencia tomando por sorpresa a quienes los desestiman, siendo por lo regular la cultura popular la que menospreciada en su empuje por definir el carácter nacional, estalla como resultado de un lento proceso de filtración en las costumbres y conciencias que, para cuando los poderosos abren los ojos, suele ser demasiado tarde.
Desesperados, luego de comprender la limitada efectividad de sus campañas de descrédito, los sobrevivientes de la clase poderosa acostumbran ser los protagonistas en la apropiación de la arrolladora nueva forma de ver las cosas que entusiasma a unas mayorías que ahora, deseosas de regresar a su acogedora intimidad, delegan en portavoces que, vestidos de novedad, parecen haber hallado el camino de vuelta al privilegio. Un continuo ciclo de desgarre y reparación que en cada cambio de paradigma entrega al futuro sus credenciales, para eventualmente y sin remedio verlas perderse en otro inesperado esquema, el principio de un olvidado fin.
Así las sociedades, hijas siempre del pensar, operan dentro de un universo de poderosas fuerzas con las que deben negociar el sometimiento y el cuestionamiento que nace de un leguaje producido por la naturaleza misma. Una estrategia letrada que depende del mito de la historia que desee narrar. Un cuento inseparable de la intención que aún en la más excelsa de las bellezas literarias, como objetivo, solo puede, con el tiempo, desembocar en dos formas; el beneficio de todos o el de un grupo de aventajados.
