
Durante un antiguo Egipto en crisis, y el conocimiento popular de las riquezas que guardaban las tumbas de antiguos faraones, los sacerdotes, poseedores de la codiciada información de donde se encontraban los sepulcros, decidieron rescatar los cuerpos de los pasados regentes que representaban la continuidad cultural, la memoria de lo que fue y podrá de nuevo ser el gran reino, colocándolos todos junto al sarcófago de Amenhotep II, donde permanecieron por casi tres mil años, hasta que el egiptólogo francés Victor Loret finalmente los desenterró.
Belles-lettres es un término también francés que desde el siglo XVII comienza a utilizarse para referirse a la escritura que se produce por la belleza misma del lenguaje, sin necesidad de tener que preocuparse por una narrativa lógica o histórica. Par de siglos después la definición se había cementado a nivel internacional, identificando la producción literaria con esta, a diferencia del texto de carácter pedagógico, legal o dedicado al registro de eventos.
Sin embargo, desde los principios de las civilizaciones egipcios o mesopotámicas, tal division era inexistente, como también lo era en las civilizaciones mesoamericanas, chinas, indias y todas las demás que desarrollaron la escritura. Así leer las paredes de las antiguas estructuras del desierto africano o la selva centroamericana y sus largas listas de dinastías, debe hacerse con la intención literaria con que se crearon en mente, igual como se leen las historias de Herodoto o los diálogos de Platón. Un rescate tildado de sabotaje que se hace inminente en nuestros días, cuando se quiere recuperar la idea de que la poesía está en todas partes, y no solo bajo la custodia de los sacerdotes del saber letrado, en cofres que inevitablemente, tarde o temprano serán saqueados.
