
“Del paraiso que Georg Cantor nos creo, nadie podrá expulsarnos.”
David Hilbert
Hasta el último sorbo de aliento que ponga en mis pulmones seguiré escarbando, seguiré aprendiendo y con suerte, seguiré diciendo. Pues aún con la enseñanza estar en la aceptación del final, una luz de paz, de sabiduría o de algo debe quedar atrás, para cualquiera que la vea, el milagro de una vida agradecida, deleitada en haber hallado la poesía escondida entre el ruido cotidiano, apabullada, como si con intención le tiraran tierra, a ver si seguimos caminando sobre ella sin darnos cuenta, pues de lo contrario despertaríamos a la belleza de una verdad que toma todos los elementos en consideración, y los mezcla y remezcla en combinaciones que expanden nuestro entender en todas las posibles direcciones, la compleja sencillez de una síntesis pasajera, la fugacidad de un áureo destello, añadiendo un sabor por la vida de la cual no quisiéramos desperdiciar, ni en su última gota, la dulzura de la despedida.
Para mediados de los años 30 del siglo pasado, en el apartamento de Boris Pasternak, Osip Mandelshtam comparte con el íntimo grupo de literatos que se reunía, unos versos que había escrito dobre Stalin. Una conmovedora descripción de la situación del país bajo el desfigurado semblante de los líderes del Kremlin. Los testimonios no señalan a más de cinco pares de oídos presentes para las palabras tan magistralmente seleccionadas, que en poco tiempo fueron también a dar a los oídos de las autoridades. Desde ese momento la vida del poeta jamás fue la misma, incluyendo como casi un siglo después, aún retumba con fuerza su escrito.
