
La poesía desaparecerá, de forma contradictoria, el día que todos nos demos cuenta que somos poetas, no habiendo necesidad de un grupo pequeño tener que cargar con la placentera responsabilidad de señalar las posibilidades de emparejar, lo nunca antes emparejado, pues las reuniones familiares y la televisión se ocuparían a conciencia de seguir haciéndolo, todos los días. La aceptación universal de que manejar formas de comunicación es en sí mismo ya un ejercicio poético es solo parte del gran salto. Los letrados que han optado por profundizar y estudiar el arte deben también aceptar que no controlan el verso.
Leo un texto oscuro y profundo de la antigüedad, que a todas luces fue traducido por un programa de computadora. La sintaxis es convulsa y aún así, es evidente que el original es una mina de oro en cuanto a su capacidad de innovadora reflexión. Me siento como debieron haberse sentido los primeros lectores del medioevo europeo, cuando frente a una machucada traducción de Aristóteles, una compilación de fragmentos perdidos y rescatados en un orden de dudosa fidelidad, disfrutaban el aroma de lo que debió haber sido el genio del Liceo. Y es que cualquier traducción, aun la hecha con el mayor cuidado y conocimiento de las fuentes, se enfrenta al mismo problema, o mejor aún, ofrece la oportunidad de despertar con sincopados destellos de sabiduría, el entusiasmo de una lectura contemporánea que reclama el eco del esfuerzo pasado, envuelto en el azar que abre una oportunidad que la perfección —por suerte inalcanzable— hubiese vedado.
