Entretejida poética

La poesía desaparecerá, de forma contradictoria, el día que todos nos demos cuenta que somos poetas, no habiendo necesidad de un grupo pequeño tener que cargar con la placentera responsabilidad de señalar las posibilidades de emparejar, lo nunca antes emparejado, pues las reuniones familiares y la televisión se ocuparían a conciencia de seguir haciéndolo, todos los días. La aceptación universal de que manejar formas de comunicación es en sí mismo ya un ejercicio poético es solo parte del gran salto. Los letrados que han optado por profundizar y estudiar el arte deben también aceptar que no controlan el verso.

Leo un texto oscuro y profundo de la antigüedad, que a todas luces fue traducido por un programa de computadora. La sintaxis es convulsa y aún así, es evidente que el original es una mina de oro en cuanto a su capacidad de innovadora reflexión. Me siento como debieron haberse sentido los primeros lectores del medioevo europeo, cuando frente a una machucada traducción de Aristóteles, una compilación de fragmentos perdidos y rescatados en un orden de dudosa fidelidad, disfrutaban el aroma de lo que debió haber sido el genio del Liceo. Y es que cualquier traducción, aun la hecha con el mayor cuidado y conocimiento de las fuentes, se enfrenta al mismo problema, o mejor aún, ofrece la oportunidad de despertar con sincopados destellos de sabiduría, el entusiasmo de una lectura contemporánea que reclama el eco del esfuerzo pasado, envuelto en el azar que abre una oportunidad que la perfección —por suerte inalcanzable— hubiese vedado.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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