La resurrección permanente

Morimos pues vamos dejando pedacitos de vida en todo lo que hicimos, hasta que se nos acaba, y con suerte habrá quien por algún tiempo, aunque sea corto, construirá una versión insospechada, la última sorpresa de lo que fuimos.

Sócrates revisó las fábulas de Esopo antes de su ejecución, más de dos milenios atrás, pues entendió que un sueño lo urgía a escribir poesía y, como nunca había practicado tal destreza, sabiéndose novato, pensó era buena idea reescribir en verso las conocidas historias. Lo que el filósofo fue incapaz de predecir en su pequeña acción, es que en mi biblioteca hoy tengo, estudiadas y anotadas, copias del Fedón y los textos del antiguo fabulista, junto con la elaboración que desarrollan mis escritos de lo que ambos fueron y representaron.

La arqueología y sus ramas aledañas han ido acumulando evidencia para considerar que complejos y amplios centros ceremoniales se construyeron antes de se comenzara a practicar la agricultura, a pesar de la inmensa concentración de pobladores que, aunque fuese de forma temporera, continuaban supliendo sus necesidades alimenticias con la caza, la pesca y la recolección de alimentos que gratuitamente ofrecía la naturaleza.

Conversaciones registradas entre los nativos norteamericanos y los primeros colonizadores europeos indican un conocimiento pleno de las técnicas de cultivo y las formas de organización política que intentaban enseñarle los recien llegados a los locales, incluyendo su aversión a implementarlas. Todo esto provoca pensar que los primeros habitantes de Las Américas, al igual que el hombre prehistórico anterior a la revolución agrícola, sabían muy bien de los problemas de inequidad y acumulación de poder que representaban la agricultura y la organización social basada en linajes y realezas, a propósito evitándolas por lo que efectivamente fueron decenas de miles de años, en donde no vieron la necesidad de adoptarlas.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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