El acorde perfecto

Según Rene Girard, las prohibiciones tienen como raíz el deseo de evitar el conflicto y, en el estudio de grupos y sociedades, desconocidas o no, presentes, antiguas o primitivas, sugiere esta idea como guía para explorar cuál es la discordia que se pretende disolver, en beneficio de la comunidad. Por supuesto que la definición de comunidad varía, de acuerdo a quien esté en posición de declararse su representante, y la paz para unos con facilidad justifica la eliminación de los otros. El discurso de la consonancia se convierte entonces en arma de represión, haciendo de la unión absoluta una meta imposible de lograr, pues las reglas que buscan construirla solo alcanzan a ser parcialmente universales, y decretar la eliminación del combate no parece estar a tono con una naturaleza que procura la búsqueda del mejor ajuste posible, a las condiciones que constantemente cambian. La paz en sí misma reclama una inflexión paciente que debe considerar las reglas secundarias y la negociación continua, pues la eliminación del conflicto toma diferentes aspectos, en diferentes y simultáneos espacios y tiempos, haciendo del privilegio de un grupo en detrimento de otro, el verdadero origen de las pugnas que tanto se pretenden eliminar. Así, la restricción que se manifiesta en la tradición, como mecanismo para contener la disputa, se puede identificar como la eliminación de todo lo que puede crear diferencias en privilegios, si es que de verdad se desea la armonía.

Tal vez una flor no está consciente de su belleza, quizás sí, pero poco importa, pues la enseñanza está en la forma que surgió, como resultado de un camino que le indicó la manera más eficaz de permanencia y continuidad para su especie, apelando al sentimiento que provocaba, su mejor apuesta para la cadencia que nos regalan todos los milenarios campos floridos donde cada una compite por ser la más hermosa, sin ninguna dejar de ser flor, en menoscabo de las otras pues en una sola, cualquiera, se puede ver la complejidad infinita del universo.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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