
Determinar el número correcto de cabras para nuestro terreno ha sido preocupación constante por los nueve años que llevamos criándolas. El elemento más importante es la cantidad de pasto, pues pasado cierta suma de animales, el alimento se hace insuficiente. Para esto es necesario aprenderse los ciclos de la naturaleza que, por estos lares, se dividen entre seis meses de lluvia y seis de sequía.
Cuando comencé a visitar Las Filipinas, lo hacía en verano y navidad, o sea, tiempo de lluvia o principios del tiempo seco, respectivamente. Por eso cuando decidimos mudar la familia permanentemente de Boston, llegando con las maletas y posesiones para finales de abril y principios de mayo, me tomó por sorpresa ir al terreno que hacía casi una década habíamos comprado, y encontrarlo como si fuese un desierto parecido a la arena de una playa. Ese mismo lote en el cual íbamos a construir nuestra casa, y que estaba acostumbrado a verlo sembrado con el grueso e intenso verde del arroz, junto a cultivadores que batallaban el agresivo crecimiento de la yerba mala, era ahora una polvorienta planicie incapaz de alimentar nada, mucho menos las cabras que en otros meses del año allí pastaban, hasta saciarse las entrañas, las que de reojo vi bajo la sombra, conservando energía, delgadas, pacientes y sin calendario que les indicara del inminente mes de mayo, del cual ellas muy bien sabían.
Dos mil doscientos años atrás ya se escribían guías turísticas para servicio a los que de todas partes iban a Grecia a conocer sus famosos lugares. Allí donde vivieron gentes con la idea en el corazón y la otra pregunta en el pensar. El mismo viento solar de las temporadas que hasta hoy, si sabemos esperar, también vienen y van. Hay veces que alguien me recuerda alguna conversación mutua que he olvidado. Es como tener la suerte de un preámbulo de lo que será, luego de no estar.
