
Somos el experimento natural de la conciencia. La oportunidad que el azar brinda para probar si la estrategia ayuda en la continuidad, o si por el contrario, se prueba incapaz de balancear sus heredados instintos, sucumbiendo al desordenado caos, la necesidad de comenzar de nuevo, dándole turno a alguna otra cosa.
Es la voz suave la única, por diferente, con posibilidad de sobresalir por entre el estruendo de tambores. El tiempo es el enemigo del fuego inicial que nos dio vida, el sarcástico ser que se invisibiliza en la entropía voraz para la llama primera ir atenuando, un viento que se viste de sabiduría. Sin embargo es la necesaria calma la que nos ayuda a estudiar para entender la naturaleza de la luz, y que tan difícil es desechar con los años, en el revolucionario regreso a las singularidades que trajimos al comienzo. Son los intensos y cortos veranos del norte, los que nos insertan su dulzura en un alma que ayuda a pasar el largo invierno, para con ansias atender su llegada como la puerta que se ofrece para desatar la prolongada reflexión. Un calor permanente es la garantía del eventual agobio, mas cuando es solo extenso se hace preámbulo del corto invierno que en su recuerdo, nos ofrece la libertad del festejo. Es así la brevedad de una convulsa juventud, cual si instancia de examen continuo durante la larga adultez, la que debe retomarse hacia el final, para ahora con los afinados instrumentos del mejor querer construir lo que en ataño quedó en el intento. El retorno a las verdades intuidas, elevadas con la potencia de los años invertidos persiguiendo lo que estaba por conocerse.
