
En lo qué quizás fueron los años más dolorosos del exilio, llegaba todas las mañanas a la Biblioteca Pública de Boston, sentándome a leer en alguna de las largas mesas del interminable salón de lectura, la pila de libros que temprano había recogido de los anaqueles abiertos al público, los cuales parecían tampoco tener fin. Comenzaba por los estantes de las novedades y para esto me presentaba temprano, pues la cantidad de lectores que agarraban lo más interesante en las primeras horas del día era sustancial. Con el tiempo me fui adentrando a los sectores que guardaban la colección general, evitando así tener que batallar por lo nuevo y, como recompensa, ir descubriendo en los clásicos la necesidad de no buscar nada más. Eran tiempos bien confusos sin ingresos o relaciones estables, en una ciudad que luego en treinta años llegó a ser hogar, sin nunca dejar de ser extraña. Por esto en los principios no tuve claro el propósito de las extendidas visitas a aquel santuario de textos que sin resolver nada, me daba refugio. Tomó varias décadas para hoy, en casi todo lo que leo y escribo, pueda siempre escuchar el eco escondido en las páginas de aquella época.
