El estado de las cosas

art installation by Alex Da Corte

Sin la energía que brota de un salto de electrones produciendo luz, no vería nada. Pero no ver no es tan terrible, pues no fue necesario para producir esta idea, aún cuando haya sido posible, por un salto de electrones. Einstein destronó a Newton por su incapacidad para explicar la gravedad, falta que Isaac reconocía, pudiendo solo describir sus efectos entre grandes distancias. Albert alcanzó la fama por establecer una relación inequívoca entre energía y materia, con la luz como factor que las intercambia. Pero tampoco explicó que es ese misterio de la energía. Esa fuerza que está en el centro de todo y todo lo hace posible.

Consumo hoy más manzanas que en ningún momento pasado. Las termino lo más que puedo, hasta llegar al centro donde están las semillas. Este desecho aún contiene manzana, así que se lo tiro a las cabras, las cuales han desarrollado un gusto particular por el dulce de la fruta y, en cuanto las llamo y ven lo que tengo en la mano, vienen corriendo. Sin embargo, también vienen los patos y, aunque siendo mucho más pequeños que las cabras, tienen la agilidad del que persigue insectos todo el día, mientras que las cabras, acostumbradas a comer una yerba estacionaria y que no sale huyendo ante la amenaza de ser devorada, se quedan confundidas, aún siendo mucho más fuertes, cuando los patos le arrebatan los pedazos de manzana que tanto las había ilusionado.

Los antiguos atenienses parecen haber inventado la ciudad de los ciudadanos; no la de los dioses, ni la las dinastías, ni siquiera la del texto legal al que se juraba fidelidad y defensa. Los romanos fingían imitarla, por el peso de su prestigio. Pero fallaron tanto como erran los que hoy siguen reclamando su herencia, la de la pregunta, la del debate y la de la incesante buscada del bienestar mayor para los más, siendo el milenario bulto de los elegidos, los iluminados y la anquilosa letra, el que aún nos cuesta trabajo dejar de cargar.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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