
Sin la energía que brota de un salto de electrones produciendo luz, no vería nada. Pero no ver no es tan terrible, pues no fue necesario para producir esta idea, aún cuando haya sido posible, por un salto de electrones. Einstein destronó a Newton por su incapacidad para explicar la gravedad, falta que Isaac reconocía, pudiendo solo describir sus efectos entre grandes distancias. Albert alcanzó la fama por establecer una relación inequívoca entre energía y materia, con la luz como factor que las intercambia. Pero tampoco explicó que es ese misterio de la energía. Esa fuerza que está en el centro de todo y todo lo hace posible.
Consumo hoy más manzanas que en ningún momento pasado. Las termino lo más que puedo, hasta llegar al centro donde están las semillas. Este desecho aún contiene manzana, así que se lo tiro a las cabras, las cuales han desarrollado un gusto particular por el dulce de la fruta y, en cuanto las llamo y ven lo que tengo en la mano, vienen corriendo. Sin embargo, también vienen los patos y, aunque siendo mucho más pequeños que las cabras, tienen la agilidad del que persigue insectos todo el día, mientras que las cabras, acostumbradas a comer una yerba estacionaria y que no sale huyendo ante la amenaza de ser devorada, se quedan confundidas, aún siendo mucho más fuertes, cuando los patos le arrebatan los pedazos de manzana que tanto las había ilusionado.
Los antiguos atenienses parecen haber inventado la ciudad de los ciudadanos; no la de los dioses, ni la las dinastías, ni siquiera la del texto legal al que se juraba fidelidad y defensa. Los romanos fingían imitarla, por el peso de su prestigio. Pero fallaron tanto como erran los que hoy siguen reclamando su herencia, la de la pregunta, la del debate y la de la incesante buscada del bienestar mayor para los más, siendo el milenario bulto de los elegidos, los iluminados y la anquilosa letra, el que aún nos cuesta trabajo dejar de cargar.
