
Heraclitus
Oil on canvas – Rijksmuseum
He criado a mis niños en un hogar con biblioteca de tres mil volúmenes clásicos. Por años parecía que no prestaban atención, pero yo confiaba en que el mero peso visual de la colección, junto con el ejemplo de siempre verme leyendo y escribiendo, ejercerían una incontenible influencia. Recién comenzada para ambos la adolescencia, el menor insiste en revisar los textos de Gilgamesh y La Odisea, y el mayor lo mismo con los escritos de Hamilton y Adam Smith, en la confiada sorpresa de que lo que van escuchando en otras partes, siempre ha estado disponible en la biblioteca de su papá.
El presidente parece tener una cama perfectamente diseñada para el blanco norteamericano. A cualquiera que se extienda en la crítica se le cortan las piernas para que encaje. Pero si se queda corto en la alabanza se le ablandan las extremidades a cantazos, cosa de poder estirárselas a la medida. De manera deshonesta la cama es ajustable, pues aún quien con perfectas proporciones pase la prueba, una acción o comentario fuera de lugar lo hallará de imprevisto inadecuado al molde. Es desesperante pero nunca dura, pues a todo Procusto tarde o temprano le llega su Teseo.
Éxtasis y angustia se presentan como metas y presentes que coinciden en demandar paciencia; una para llegar y el otro para salir. Así, ofreciendonos el desarrollo de una confianza de carácter Heraclíteo, permitiendo paso al balance que las cosas siempre buscan para hallar su cauce, donde los extremos solo tienen existencia provisional, sin la necesidad de una frustración que selle el fracaso del proyecto construido, o del precipitado desconsuelo de un horror que amenaza con su permanencia.
