
El dolor jamás viene junto con la información de lo mucho que irás aprendiendo.
Roland Barthes recomendaba la relectura, y en una biblioteca que se ha esmerado en adquirir solo los clásicos, esto convierte la norma en experiencia de lo inagotable. Una práctica que desecha la necesidad de estar al día con lo último, pues al casi todo no ser más que un reescrito de lo publicado, el nuevo libro que insisten debes leer ya está escondido dentro del leído que, por haberte concentrado en la expectacular propuesta inicial, se te escapó la mayoría de lo que aún queda entre las líneas.
Cuando caminaba por las calles intentando hallar la vida, en la intuición de que el azar era tan válido como lo planeado, me sorprendió la regularidad con que la maravilla de la recompensa buscaba esconderse tras el temor. Hoy, donde el hogar acoge la desaceleración natural de mis tiempos, la biblioteca asume con elegancia su catálogo de lo inesperado, con nuevas puertas en los lomos de cada uno de los textos que vengo leyendo y cargando por el medio siglo pasado.
Y cómo pensar que no funcionaría, cuando en una tarde despistada caminaste a donde estaba sin esperarte, y las notas fueron acercando un lejano beso que creciendo en dos humanos, que hoy sueñan partir terminada la escuela, dejándonos con el glorioso dolor de haber sembrado, callosas manos que aún se buscan nuevas, como la primera inesperada vez que se encontraron.
