
Las arenas del Sahara sepultaron los bosques de nuestra gente, para que 300,000 años después descubriéramos sus huesos y entender, que éramos cien mil años más viejos de lo pensado, saliendo de la confusión de que comenzamos, en el este africano.
El espacio está lleno de infiernos termonucleares, mortales por su radiación. Pero lo que vimos en la oscuridad de las noches, fue el hermoso tintinear de las estrellas intentando olvidar pesadillas, en la necesaria imposibilidad de olvidarse uno mismo, sin impedir que se construyese la historia de lo desatendido, recordando a los lectores que el horror, aún vive en nosotros.
Hay soluciones intuitivas para problemas de inexistentes mundo. Hasta que con ellas se edifica, desenterrando, el inimaginado universo donde el resultado inicial se hace obvio. Como llevar el sueño a una ciudad desconocida, descubriendo que para sus habitantes no encajas, excepto por tus nuevos ojos que leen su vieja casa perfecta, para lo que ninguno de sus hijos la había antes pensado, haciendo sospechosa la idea misma de la repetición.
A la rotación de la Tierra le restan unos cuatro mil millones de años y, con sus cambios de ángulos tan diminutos, invisibles para una vida y monumentales para el tiempo, el fondo de todo pozo hace bien en esperar el deslumbrante resplandor solar.
