
Si todos los componentes de nuestro ser fueron primero parte de un universo muy posiblemente eterno, ¿no tendría entonces sentido afirmar con Platón, que aprender y pensar no son más que recordar? Así lo que llamamos creación sería tan solo recreación, siendo su novedad limitada al círculo donde no se había visto o, si completamente original en todos los rincones del cosmos, solo la primera en una serie inacabable de futuras repeticiones. Las innovaciones surgen en virtud de una cantidad de posibles combinaciones tan inmensa, que aparenta ser infinita. Las posibilidades de jugar una misma partida de ajedrez dos veces son tan diminutas, que se puede jugar toda una vida, incluyendo el estudio de decenas de miles de torneos pasados, sin llegar a verla. Si esa es la realidad de un tablero limitado a 64 casillas y 32 piezas, cuánto más un espacio capaz de combinar sus componentes en forma de piedra o de dinosaurio. Una energía interna que solo quiere moverse y, entre todo lo que la rodea, que es lo mismo que la constituye busca, como el río, el más eficiente de los caminos. Aprender a sentir la mejor y más efectiva de las veredas, hallando así nuestro destino, es la tarea que nos consume toda la vida.
