
Aspirar a la inmortalidad puede ser un reflejo de insatisfacción por el uso que se le dio al tiempo adjudicado. Si el sentimiento es el resultado de haber trabajado intensamente y entender en el proceso que una vida no es suficiente, podríamos decir que es loable. En contraste, podría ser la comprensión tardía del tiempo perdido, el peso del irreparable desperdicio. Sospecho que en la mayoría de los casos es una combinación de ambos, pues sería difícil encontrar a quien haya trabajado intensamente todos los minutos de su existencia, como igual de dificultoso encontrar quien haya perdido todo su tiempo. Pero siendo que la vida eterna sobre la tierra no nos ha sido otorgada, no es mala apuesta aprovechar cada momento vivo, pues no solo es lo único conocido que tenemos, sino que también incrementa las posibilidad de ser recordado, única opción probada de acercarse a la eternidad.
La insatisfacción es hija de la expectativa. Otra estrategia sería aceptar al mundo y la vida como lo que son, y estar agradecidos por el privilegio de experimentarlos. Pero es una decisión compleja, pues el deseo de mejorar que nos impulsa es parte de la naturaleza misma, tanto como lo es la acción consciente de separarse de los eventos. Intentar ser buenos parece ser una recomendación universal a través de la historia. Hacer y decir lo que se debe y no forzar mucho. Pero si se fuerza, que sea por ser honestos con nosotros mismos, evitando a toda costa matar, a menos que sea como reacción defensiva a algún irracional ataque mortal.
Habría que escribirle al inevitable fallo. Una poesía a la incapacidad de decir algo nuevo, al disgusto de repetir lo bien dicho de tal manera que algún escucha o lector se maraville. Es el momento donde la muerte encuentra su lógica, su razón de ser; cuando ya nos parece haber dado todo, dicho todo, y nos convencemos de no resta nada más que volverlo a decir.
