
El día que todo esté documentado, ya no abra necesidad de pensar. Existirán aún las preguntas, pero el dominio se ejercerá por los que buscan sobre los que no; la curiosidad como herramienta de progreso y división social, la muerte, o por lo menos la agonía de la idea del descanso como meta que anuncia la felicidad, dejando a la desaparición física, como lo es ya, y siempre ha sido, el título del reposo final. Pues es solo en la reintegración y dispersión de los elementos que en vida nos constituyen, a la inmensidad del universo, que alcanzaremos, fragmentados, fluir sin esfuerzo. Sin embargo el movimiento del que depende el cosmos, sin el cual cesaría en la imposible inmovilidad del zero absoluto de temperatura, es la manifestación de una energía que parecería implicar esfuerzo y, al no ejercerlo, se convierte en el misterio último de la existencia, lo que nunca fue creado ni tampoco es capaz de extinguirse.
Los dentistas europeos —no que fueran los únicos— tenían contactos con vendedores de dientes que los adquirían de entre los cadáveres que quedaban en los campos de batalla. Restos estudiados en los cementerios de Inglaterra hacen sencilla la identificación de personas pudientes que en vida eran capaces de costear la sustitución de un diente destrozado y perdido por las caries. En los camposantos de principios del siglo XIX en Londres es común encontrar onerosos trabajos dentales, con dientes extraídos de entre las decenas de miles combatientes muertos en Bélgica, en la batalla de Waterloo, pues la energía atrapada del calcio es algo que persiste, revelando aún información sobre la vida de nuestros ancestros, millones de años atrás.
