El río propio

Queremos que nuestra historia no tenga fin; sólo capítulos provisionales que sirvan como el último, en lo que se termina de escribir el próximo. En otras palabras, el deseo común de construir una gran pirámide, y hacerla pesadilla para el paso del tiempo. El enemigo mayor, el más poderoso, por tener el más grande número de victorias acumuladas, es el olvido. Las formas de lograr la continuidad de la existencia son tan variadas como infinitas, y van desde la precisión de los tres disparos de Lee Harvey Oswald, hasta la separación de algún monje budista hacia la nada.

Pocas cosas tan difíciles como prestar atención a los detalles cuando todo va bien, seguido por el deseo intenso de haberlo hecho cuando inesperada, como siempre, la dirección de los eventos se torna cuesta abajo. Quizá se compara con la habilidad de hacer entender a un adolescente, de verdad comprender, la inevitable cercanía de la mortandad. El tío de mi niño, que trabaja en el extranjero, nos dejó saber en estos días que viene pronto de visita, para celebrar sus cincuenta años de edad. Al enterarse el sobrino de la noticia, comenta en la cena familiar que tío es realmente un viejo. Yo, para ponérselo en perspectiva, le digo que no son más que tres veces lo que él lleva en la tierra, y que ya vivió una tercera parte de esta, rematando el dato con el comentario de lo sorpresivo que gusta hacerse el volar del tiempo. El silencio de su turbio rostro me dejó saber que había cometido un error. Ahora solo espero el momento justo en que pueda demostrarle, con la misma eficacia, el maravilloso e imprevisto éxtasis de aprender algo nuevo, pasado el medio siglo.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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