
Queremos que nuestra historia no tenga fin; sólo capítulos provisionales que sirvan como el último, en lo que se termina de escribir el próximo. En otras palabras, el deseo común de construir una gran pirámide, y hacerla pesadilla para el paso del tiempo. El enemigo mayor, el más poderoso, por tener el más grande número de victorias acumuladas, es el olvido. Las formas de lograr la continuidad de la existencia son tan variadas como infinitas, y van desde la precisión de los tres disparos de Lee Harvey Oswald, hasta la separación de algún monje budista hacia la nada.
Pocas cosas tan difíciles como prestar atención a los detalles cuando todo va bien, seguido por el deseo intenso de haberlo hecho cuando inesperada, como siempre, la dirección de los eventos se torna cuesta abajo. Quizá se compara con la habilidad de hacer entender a un adolescente, de verdad comprender, la inevitable cercanía de la mortandad. El tío de mi niño, que trabaja en el extranjero, nos dejó saber en estos días que viene pronto de visita, para celebrar sus cincuenta años de edad. Al enterarse el sobrino de la noticia, comenta en la cena familiar que tío es realmente un viejo. Yo, para ponérselo en perspectiva, le digo que no son más que tres veces lo que él lleva en la tierra, y que ya vivió una tercera parte de esta, rematando el dato con el comentario de lo sorpresivo que gusta hacerse el volar del tiempo. El silencio de su turbio rostro me dejó saber que había cometido un error. Ahora solo espero el momento justo en que pueda demostrarle, con la misma eficacia, el maravilloso e imprevisto éxtasis de aprender algo nuevo, pasado el medio siglo.
